Ostras y chimichurri

Llega Mariah Carey a mi casa medio borracha como siempre. Trae un paquete con ostras para comer hasta reventar. -¿Las pongo en la heladera?- le pregunto, y me dice que sí y que le prepare un gin tonic. Abro un gin Burnett que conseguí en Jumbo en oferta (apurensé, todavía hay) y libero los cubitos de la prisión de sus cubeteras.

-¿En qué vaso va el Gin Tonic? Have you got any idea?
– Biggest- me dice y hace un gesto de “en el más grande”.

Ahora Mariah está sentada en mi sillón, despatarrada como Martha Sánchez en un videoclip de los ’90. No es de las chicas que se ofrecen a ayudarte a servir la mesa. Agarra el vaso con las dos manos, porque tiene miedo de chorrearse y porque le hice caso y se lo puse en uno enorme, de plástico, tipo bailanta.

De repente se corta la luz. Mariah Carey lanza una carcajada. Me dice que la última vez que estuvo en un corte de luz fue cuando era chiquita y pasó por Estados Unidos un huracán. -Acá se corta siempre- le digo, mientas pienso qué realidades tan diferentes la de Mariah y la mía. Me ilumino con la linterna del celular hasta la cocina. Abro la heladera, traigo las ostras, servidas en una bandeja con forma de… ostra. Está chocha. Me pregunta qué salsas tengo para ponerles. Me fijo en la penumbra: hay criolla, chimichurri y mignonette, que es la que se usa para las ostras. Trata de decir chimichurri pero no le sale. “Tzimi-tzurri”, se ríe.

Le digo que me parece que las ostras van a quedar mejor con mignonette pero ella insiste con el tzimi-tzurri. De repente, el comedor se ilumina de colores: es la luz de los fuegos artificiales que rebota en mis paredes y que nos convence de que ya son las doce.

Mariah Carey se para como puede, con el vaso grandote como ella en una mano y mientras brindamos se pone a cantar el Auld Lang Syne. Con la otra, hace los gestos de cantante que hacen las cantantes cuando cantan. Cuando está enojada, hace cerrar la 5ta Avenida para ir de compras y desquitarse, pero cuando está contenta puede tener la voz más dulce de la Tierra. La escucho con atención mientras afuera explota el mundo: los perros ladran, las alarmas de los autos ladran, las sirenas de bomberos ladran, algún boludo se descorcha un ojo y los choferes de bondis revientan sus bocinas. Sólo tengo oídos para ella.

“Happy new year, baby” y hace un gesto como de rapera, que para los que la conocemos bien, es su forma de decir “te quiero”. Se me llenan los ojos de lágrimas. Es que a la reina de la canción melosa le cuesta bastante expresar sus sentimientos. Se sienta y me pide más Gin Tonic y más tzimi-tzurri. A mí me parece que le puede caer mal tanta mezcla pero no le digo nada y le sirvo.

Porque a una diva no se le dice jamás que no.

Y menos en Año Nuevo.

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